
Tan fuerte como el agua y tan impredecible como la marea

Nacida en Alaska, Naaraq creció en los pueblos árticos inuit de la zona, en concreto, los iñupiat. Desde pequeña fue educada para ser una más de su pueblo, pero a la edad de siete años, cuando las aldeas inuit de su pueblo fueron arrasadas por tsunamis, sufrió una gran crisis de procedencia desconocida.
Tiempo después pudieron averiguar que se trataba de la Diosa Sedna, la diosa inuit de los mares, que había conseguido conectar con Naaraq y hacer fluir su poder sobre ella. El consejo de las aldeas decidió entrenarla como la última chamana inuit desde ese momento, por lo que Naaraq se tuvo que adaptar a una vida muy diferente en poco tiempo: entrenaba la mente y el cuerpo, además de la disciplina de las artes marciales y la manipulación del agua. Fascinados con ella, los inuit la veían como la salvadora de su pueblo ante las constantes amenazas del mar embravecido sobre ellos.
Sin embargo, no todo era tan bonito como lo pintaban. La realidad era que conectar con una Diosa hasta ese nivel la llevaban a viajar al panteón de los dioses, la transportaba muchas veces fuera de la tierra y otras casi provocaban su descontrol completo, considerándose un peligro potencial por darle un cuerpo a completa disposición de una diosa como Sedna. Para ello, los ancianos inuit consiguieron opio y empezaron a suministrárselo muy de pequeña, haciendo que no solo fuese dependiente de él para controlar mejor a la diosa, sino también que tuviese mono constantemente.
Un año después Sedna contactó con Naaraq. Las especies del mar estaban muriendo, la marea cada vez era más impredecible y el agua acechaba a su pueblo y arrasaba sus hogares. A través de su consejo, Naaraq emprendió un viaje partiendo de su aldea natal por primera vez en su vida:
Busca a los otros chamanes que quedan, Naaraq, y evita que lleguen a dominar sobre la tierra, o será demasiado tarde para los humanos.
